Sin aviso previo, el
sodero del pueblo, hoy no hizo el reparto. Se fue a entregar lo vivido a la
casa del Padre.
Domingo Arribas con su caballo y carro en Noviembre de 2012. |
Allá por la década de 1950, por
ver lo que no tenía que ver, lo echaron del colegio del Hogar Nazaret en
Lincoln, y sus padres que vivían en Coronel Granada, se lo mandaron a los tíos
Avelino y Esperanza, a un tambo en la zona de “El Chingolo”. Se educó en la
escuela con “un maestrón” como él la llamaba, a Nélida Careaga de Siri; jugaba
a la pelota y se agarraba a las piñas también con sus compañeros; anduvo de
tambero por su cuenta hasta la emprendió
de panadero en otros pagos.
En una nota que le realizara Luci
Gutiérrez Giraudo para “El Aguacero” en Noviembre de 2012, contaría como empezó
con el oficio que los hizo meterse en los patios de todas las casas de Bunge:
“En el 80’ ya radicado en Bunge, compré la sodería de Ramón Martínez. Repartía
la soda en un carro que me había prestado la señora de José Macario y con un
caballo de Vicente Gauna. Al correr el tiempo, solo fui cambiando los caballos.
Siempre lo hice solo, pero cuando me operaron de una hernia, Lorenzo Nievas “El
Lencho”, manejó el carro con “El Negro” de Armas durante tres años”. Contaría
después que un día se le disparó el caballo, se asustó y decidió motorizarse.
Antes del alba, “Mingo” ya estaba
en actividad. Diría también en esa linda nota: “Salgo a las seis de la mañana
hasta que termino de repartir. Si llueve no salgo. Preparo un día antes las
sodas a base de gas carbónico y el resto agua. Generalmente uso una máscara
para cubrirme por si alguien destapa los sifones y les queda gas”.
Armó una hermosa familia con
Susana Giacobone. Se casaron en 1977 y del matrimonio nacieron dos hijas:
Vanesa y Gabriela.
“Mingo” ha pasado entre nosotros,
repartiendo no solo soda y agua envasada, si no nobleza; decencia. Llevaba a
cuestas algunos dolores, me confesó alguna vez: haber sufrido ese viejo asunto de tender una mano a quienes
después perdieron la memoria de sus compromisos, pero, jugando con su apellido,
podemos afirmar que, pocos están como él, bien arriba
en el corazón de los vecinos.
Seguramente podrá venir otro a
traer a casa “el agua con cosquillas”; lo que nadie podrá reemplazar es esa imagen
del inquieto vasquito, primero en la cola del banco todos los días, o cruzadito
de brazos recordando cosas o comentando la actualidad en alguna esquina.
¡Querible, muy querible “El
Mingo! Y si bien estuvo soleado, para muchos de nosotros fue un día gris. El
sodero madrugador, fue a apagar su propia sed de eternidad, a la casa de Tata
Dios. ¡Gracias Mingo! Te vamos a extrañar… ¡y cómo!
Tomás
Eduardo Penacino
4 de diciembre de 2019
"Mingo" (4° de la izq. arriba) junto a ex compañeros de la Escuela del paraje "El Chingolo", el 5 de abril de 2018. Cena en el Centro de Jubilados y Pensionados de Emilio V. Bunge |
No hay comentarios:
Publicar un comentario